miércoles, 8 de diciembre de 2010

Desayuno.

-Buenos días, dormilona. 
Y una voz sonó en aquella habitación en la que el sol se filtraba por las ranuras entreabiertas de las persianas, aquella habitación que guardaba secretos, música, sonidos y, a la vez, silencio. Aquella habitación que guardaba una mezcla de sentimientos distintos, pero había uno que predominaba en las paredes... era el amor.
+Buenos días, mi vida.
Ella abrió los ojos y, lo primero que vio fueron sus dos ojos verdes, clavándose en su cuerpo medio desnudo, tapado apenas por unas sábanas blancas. Su primera imagen del día fue él, como siempre había deseado.
-Te he traído el desayuno.
+Eres perfecto.
Y él, cogió su cara entre sus dos manos, y empezó a besarle, como siempre lo hacía, procurando hacerle llegar al cielo con cada movimiento, procurando hacerle sentir que era la única chica en el mundo... o, al menos, en su mundo.
+¿Por qué siempre sabes lo que me gusta?
-Porque los dos tenemos los mismo gustos, ¿recuerdas?
+Es verdad... A los dos nos gusta el té, a los dos nos gusta hablar, a los dos nos gusta...
-A los dos nos gusta estar cerca el uno del otro, acariciándonos lentamente, sintiendo que nuestros cuerpos se convierten por un instante en uno solo...
+Me encantas. ¿Te lo he dicho alguna vez?
-No. ¿Puedes repetírmelo?
+Me encantas, me encantas, me encantas, me encantas.
Y él, volvió a besarle una y otra vez.

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